¿Existo o solo estoy pagando cuotas?
Estoy aquí, despierto… o con siesta moral. Me pregunto: ¿existo? Descartes responde desde algún lugar con aire acondicionado: pienso, luego existo. Abro Urbania para descubrir que el “sueño peruano” es una simulación en 3D: renders perfectos, veredas limpias, viviendas con precios que asumen que heredaste una minera ilegal.
Pongo orden a la angustia: abro el Excel como quien consulta a un oráculo cruel. ¿Cuántos años de trabajo formal —en un país con informalidad por las nubes— debo sacrificar por una caja de concreto con vista a tráfico infinito? Juego con los números, celdas verdes, celdas rojas, esperanza en negativo. La pregunta no es “¿existo?”, es “¿en cuántas cuotas existe mi futuro?”. El alma humana duda de su existencia; el alma limeña duda de si algún día tendrá cochera propia.
La política pública en el Perú funciona como publicidad engañosa: te venden “propiedad para todos”, pero lo que aplican es “crédito para siempre”. La vivienda, derecho básico en constituciones que nadie lee, se mercantiliza como acaban de mercantilizar nuestro futuro en el Congreso: a partir del 2028, si emites recibo por honorarios te obligan a “ahorrar” en una AFP. Es decir, me quitarán hasta el 5% de cada factura para un fondo al que probablemente nunca llegue. Otro descuento adelantado para financiar la ilusión de que algún día llegaré intacto a la jubilación.
Se supone que debo ahorrar para una casa. Yo ahorro para China. Lo sé: escándalo. Priorizar experiencias sobre ladrillos es casi delito moral. Tal vez. Pero también es elegir no vivir colgado treinta años con una tasa que sube cuando le da la gana a la macro. La paradoja es cruel: me dicen que los bienes raíces son el “suelo firme”, pero nada se siente más sólido que la idea de perderme en otro continente.
Recuerdo que tengo en mi mesa El privilegio en el Perú. Qué ironía. Porque uno aquí sudando la gota gorda con tablas dinámicas para ver si en 2043 tendrá una casa; y ellos, los privilegiados, ni se plantean semejante ridículo. No es que “gestionen mejor su futuro”, es que empezaron la carrera desde mitad de camino con zapatos nuevos y pista propia. Para ellos la vivienda es un trámite, no una biografía. Para el resto, la vida se negocia con el banco.
Tengo un amigo que siempre dice: “sin deudas no hay emoción en la vida”. Claro, él lo decía como chiste. El sistema financiero lo adoptó como modelo de negocio.
Y claro, como estaba buscando casas, departamentos o cualquier lugar donde caerme muerto, me aparecen videos de un gurú que en 30 segundos me explica que si no tengo depto es porque “no quiero lo suficiente”. Hermoso. Si pudiera pagar el m² con voluntad, ya estaría en un penthouse de puro entusiasmo.
Al final, quizá Descartes era optimista. Aquí la cadena es otra:
- Pienso, luego debo.
- Trabajo, luego no alcanza.
- Voto, luego no cambia.
- Ahorro, luego sube la cuota.
Y sí, ya lo sé: quizá la gente tiene razón cuando dice que “me quejo mucho”. Pero digo yo, ¿qué otra cosa queda cuando la existencia cuesta en cuotas y la queja es lo único todavía libre de impuestos?
Aun así, me tiento a romper la secuencia: comprar un pasaje, cambiar de huso horario, fotografiar algo que no sea un embotellamiento. Porque, si la política insiste en convertir la existencia en plan de pagos, desobedecer también es una forma de ciudadanía.
Yo existo, sí. Pero como deuda registrada en el sistema financiero.